Casa de la Cultura

9 Oficios Patrimoniales de Rancagua

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Compartimos relatos sobre oficios con valor patrimonial, destacando a quienes los han practicado en Rancagua. Se trata de una recopilación realizada entre Casa de la Cultura de Rancagua y el Departamento de Patrimonio y Turismo de la Municipalidad local.

 

Sastrería Camajo
Lastarria 547

José Zapata, Sastre

Hace 73 años que José Zapata se dedica a uno de los oficios más antiguos de Rancagua, dando vida a una de las sastrerías a cargo de vestir a los señores que habitaban en Sewell. Y es que en la altura cordillerana también se buscaba lucir a la moda.

José Zapata comenzó en el rubro como cortador de pantalón, en un negocio perteneciente a su primo. Junto a él vendía telas por las localidades rurales de la región. Graneros, Codegua y San Francisco fueron parte de su recorrido como vendedor ambulante. Comúnmente los trataban de turcos, pero tenían poca relación con dicho país. En 1954 y debido a la fuerte demanda por la confección de prendas, se independizó e instaló en Lastarria. Allí comienza su propio negocio, conocido hasta hoy como «Sastrería Camajo».

Por aquellos años, en tanto zona minera y agraria, Rancagua concentraba una gran población de trabajadores. Ellos no dudaban en gastar parte de sus sueldos en ternos y ropa elegante, recurriendo a las sastrerías: la ciudad no contaba con las ofertas de grandes tiendas.

La sastrería fue siempre considerada como uno de los oficios más prestigiosos. Don José no olvida los años cuando disfrutaba los beneficios de un trabajo bien remunerado, como tampoco a los mineros que bajaban de la cordillera dispuestos a vestir bien, para con tremenda pinta ir a los burdeles a dejar el alma y el cuerpo, además del dinero ganado en la mina subterránea más grande del mundo, El Teniente.

 

Los trajes más solicitados eran el de huaso, elaborado con tela «fantasía», y los ternos solicitados por los mineros, confeccionados con tela de lana fina. Tampoco olvida la moda del pantalón pata elefante, los colores oscuros que predominaban, ni las revistas figurines. Con éstas, el cliente podía elegir según la tendencia de la época.

En Rancagua existieron muchas sastrerías. Según el mismo José Zapata, se podían encontrar entre Independencia, Lastarria y Pasaje Cillero. La Elegante, La Bandera Azul, Muga, La París y La Argentina, eran algunas de las más renombradas. Esto evidenciaba lo activo que era el oficio, por lo tanto, fue preciso conformar una federación de sastres y gestionar cursos de perfeccionamiento.

Muy distinto es en la actualidad. La sastrería Camajo ya no funciona como antes. Atrás quedaron las confecciones y las revistas figurines.

La Sastrería Camajo cerró sus puertas durante la segunda semana de mayo de 2019.

Sombrerería “La Victoria”
Carrera Pinto 1059

Jorge Abrigo, Sombrerero

La Sombrerería La Victoria fue fundada por don Manuel Abrigo Reyes, quien llegó de Curicó en 1928 para trabajar en este oficio en busca de mayores clientes. El negocio fue heredado por su hijo Jorge Abrigo, traspasando el conocimiento a uno de sus hijos. De tal manera sumaron un nuevo maestro dedicado al tema en la familia. Sus raíces en este oficio se remontan al bisabuelo, recordado por su descendencia debido a su participación en la Guerra del Pacífico.

Desde un principio «La Victoria» se instaló en Carrera Pinto, atendiendo a dos tipos de clientes: huasos y mineros. Su prestigio obedece a la alta calidad de sus productos. Para los primeros ofrecían sombreros de lana de oveja y también de pelo de conejo, este último el más fino. Otros eran los “calañé” y “argentinos”, entre otros, solicitados especialmente por los segundos.

Con una estructura llamada clocha se realizan distintos modelos. Antes se traía esta materia prima desde Santiago, producida por la Fábrica Girardi. Hoy es importada desde Perú o Bolivia. Un sombrero de pelo de conejo puede costar alrededor de 150 mil pesos, mientras que el de lana de oveja puede valor 45 mil. En relación con la chupalla, poseen proveedores en La Lajuela, San Pedro de Alcántara y Cutemu.

Don Manuel aun recuerda los años en que se trabajaba más la teatina y compara aquellos productos con la chupalla de paja de arroz. Como un objeto fino, ésta puede costar hoy hasta 360 mil pesos.

Con las medidas en su memoria, la cuarta generación de maestros de sombreros señala que una chupalla de hombre es de 11 centímetros de ala, y 8 y medio de altura. La femenina mide 10 centímetros en su ala, mientras que tiene una altura 8. A diferencia de la masculina, también posee adornos como un cordón de seda o un pañuelo en diversos colores.

Peluquería Donoso
Alcázar 377

Javier Donoso, Peluquero

Don Javier Donoso comenzó su recorrido en el oficio de la peluquería en 1950. Su hijo Carlos, heredero de sus conocimientos y actual propietario del local que lleva su nombre, recuerda que empezó instalándose en Población San Francisco, para luego probar suerte en distintos lugares de la ciudad. Pasó por el Hotel Teniente, ubicado en Millán. Más tarde se ubicó en Germán Riesco, justo frente a la Gobernación. Finalmente el 2 de enero de 1970 arribó a Alcázar, donde la peluquería permanece. Recuerda que el 2 de mayo de 1973 se unió a su padre, aprendiendo el oficio.

Mientras nos sentamos en los antiguos sillones tapizados de cuero, notamos que la peluquería conserva lo clásico en toda su amplitud. Sólo se realizan cortes tradicionales a varones, como el regular largo, mediano o corto. Se trata de estilos lejanos a las nuevas tendencias impuestas por las barberías, en su mayoría importadas desde Centroamérica.

Nos fijamos en las sillas donde se sienta el cliente, cada una tiene alrededor de 80 años. Carlos nos dice que cuando fueron compradas ya estaban usadas y nos muestra la placa: fueron fabricadas por Galvano Metal, una empresa ubicada en calle Libertad, Santiago.

Agrega que su local es conocido como “La Peluquería del Clero”, pues a un  antiguo rector del Seminario Cristo Rey le gustaba cómo le quedaban los cortes tradicionales. De ahí que enviara hasta allá a los seminaristas, quienes solicitaban el mismo peinado.

Relojería Omega

Relojería Omega
Brasil 1023

Luis Enrique Quezada, Relojero

En calle Brasil, entre la muchedumbre y los puestos donde abundan los productos chinos de bajo costo y poca duración, se encuentra la relojería Omega. Destaca el estilo clásico del lugar, con sus paredes cargadas de relojes en tonos dorados y de madera. Tras las vitrinas, dos señores dispuesto a atender amablemente a los clientes. Uno de ellos nos cuenta que el antiguo dueño, Luis Enrique Quezada, falleció hace algunos años. El negocio fue heredado por su viuda. Preguntamos por ella para conseguir más información, pero nos señalan que su memoria no anda muy bien. Se asoma un mujer ya mayor y de ojos claros: es la esposa del fundador del local.

Nos cuenta que Omega es una de las relojerías más antigua de Rancagua, abriendo por primera vez sus puertas en 1957. Detalla que desde el comienzo se reparan relojes, además de vender distintos modelos nuevos, importados de diversos países. Agrega que antes vendían más productos suizos. La gente sabía distinguir uno bueno, «no como ahora», menciona, cuando todos creen que los Casio son de buena calidad.

La Señora Alicia Núñez destaca que siempre mantuvieron vitrinas con artículos finos de decoración, como joyas, cristalería, barómetros, entre otros.

Hoy, la clientela se ha reducido. La gente ya no prefiere los relojes a cuerdas, por lo que los maestros reciben menos reparaciones. Ahora optan por ver la hora en su celular, ya sea la de su país o la de cualquier lugar del mundo.

Como si fuera una lucha por no dejar escapar los recuerdos, Alicia afirma que hoy el oficio sólo está a cargo de un maestro. El otro, tiene como función reparar las joyas.

Al evocar aquellos años en que Luis Quezada solía disfrutar de una buena salud, nos cuenta que sus proveedores eran comerciantes viajeros que llegaban hasta Rancagua para ofrecerles productos directamente, debido a que Omega era famosa dentro de la ciudad y ostentaba mucha clientela: mineros, campesinos, señoritas, son algunos de los que vienen a su mente.

Respecto a quienes actualmente solicitan reparar un reloj, señala con mucha serenidad que «no llueve, pero gotea». Quizá en esta frase resume su agradecimiento a que aún siga vivo el legado de su esposo, a pesar del cambio que le trajo el pasar del tiempo.

Imprenta Antártida
Zañartu 570

Hugo Fuentes, Impresor

En la búsqueda de los oficios más antiguos de Rancagua, llegamos hasta la imprenta Antártida. Nos recibe personalmente su dueño, Hugo Fuentes Cartagena. Comenzó como cajista, oficio extinto y que muy pocos conocen. Sonríe y nos cuenta que antiguamente las imprentas funcionaban con un sistema tipográfico. Su labor era  juntar letra por letra para formar una palabra. Así pasó por distintos diarios de la región, como el “Progreso del Cachapoal”, en Peumo, y «La Región», en San Fernando.

Ya con el oficio aprendido, llegó a Rancagua para incorporarse en un nuevo trabajo como empleado en Imprenta Verdugo. Tiempo después, tras ser despedido y convencido de que era el tiempo justo, decide independizarse. Empezó con una sola máquina de mecanismo manual y hasta ahora le es imposible olvidar el cansancio del brazo, luego de horas de trabajo. El mecanismo le permitía sacar copias, basadas en diseños que se plasmaban en una placa. Poco a poco, gracias a su perseverancia en este oficio, implementó nuevas máquinas, una más moderna que la otra, pasando desde el sistema tipográfico a la era digital.

Mientras nos lleva a conocer las distintas imprentas, Don Hugo nos menciona que hay dos de marca Heidelberg, el tesoro que conserva con mucho orgullo. Las hace funcionar junto a su hijo y nos transporta a la época de Gutenberg.

En temas de venta, nos señala que sus clientes son principalmente pequeñas y medianas empresas, liceos, clínicas que requieren un trabajo de este tipo y de un tiraje alto, como boletas, guías de despacho, volantes, afiches, calendarios agendas, cuadernillos, libros, entre otros.

En la actualidad, pese a que cada hogar puede tener una impresora, la imprenta sigue vigente. Es fuente laboral para 8 personas, quienes ejercen uno de los oficios más antiguos de la ciudad y que comparten la alegría y el orgullo de ser personajes activos en la historia de este negocio, que ya cumplió 40 años.

Más Música, Reparadora artesanal de guitarras
San Martín 571

Luis Cavieres, Luthier

Siendo un joven enérgico, la historia de Luis Cavieres comienza con una noble acción que lo llevó a convertirse en uno de los pocos luthier más asequibles para el pueblo musical rancagüino.

Cerca de los años 80 emigra a Santiago para asistir a una tía, quien por motivos de salud debía permanecer en la capital. Fue así como consiguió trabajo de «junior» en la pensión donde vivía, gracias a cuya ubicación logró tener el primer acercamiento con la luthería. En las inmediaciones se encontraba la fábrica de guitarra Tizona, marca renombrada hasta hoy. Poco a poco se fue acercando, hasta que consiguió realizar los repartos de dicha fábrica. Su curiosidad lo llevó a consultar a los maestros, por aquellos años todos españoles, cómo se realizaba una curva, qué madera era tal, entre otras cosas. Sumando preguntas, fue obteniendo el conocimiento técnico para construir instrumentos de buena calidad. Con nostalgia termina el relato de esa parte de su vida, mencionando el gran incendio que años después afectó a la factoría de guitarras Tizona.

Tiempo más tarde y de vuelta en Rancagua, en 1982 y viendo la escasez de reparadoras de instrumentos en la ciudad, Luis decide aventurarse y abrir su primer negocio en el Pasaje Cillero. Ahí recibe a sus primeros clientes, quienes fueron guía para ir ampliando el oficio con otros productos musicales. Permaneció en ese lugar por algunos años, para luego instalarse definitivamente donde se encuentra hasta la actualidad: en calle San Martín.

Entre los clientes más fieles, recuerda a los hermanos evangélicos. Ellos le pedían guitarras nuevas y también reparaciones. Lo mismo requerían integrantes de conjuntos folclóricos regionales. Es por esto que las arpas aún llegan para ser asistidas por este doctor de los instrumentos musicales.

Hoy Luis reconoce que se ha visto afectado por el «mercado desechable» y las grandes tiendas. A pesar de mantener una vitrina con ukeleles, cuatros, panderos, entre otros productos. Las ventas han disminuido considerablemente. También, asume los errores cometidos en negociaciones que lo han perjudicado.

Con un tono de decepción, nos asegura que su local está pronto a dejar de funcionar. Desde su experiencia, no le ve mucho futuro a este oficio. Se despide de nosotros, vuelve a su taller y se concentra en las reparaciones que le quedan por hacer.

Django
Brasil s/n

Luis Burgos, Lustrabotas

Don Luis Burgos Lago es más conocido como Django, por su particular manera de vestir, muy parecida al del personaje de la clásica película de western. Partió en el oficio de lustrabotas a los 14, en 1962, año en que su padre decide emigrar de Chiguayante a Rancagua en busca de trabajo, hecho que afortunadamente concretó cuando comenzó sus labores como suplementero.

Siendo muy joven, Luis ya se caracterizaba por su espíritu inquieto. Decidido a generar sus propios recursos, se instala de manera estratégica fuera del Hotel Santiago. El lugar era transcurrido por personas que entraban y salían de la ciudad, puesto que estaba el terminal de Jedimar (actual Tur bus). En tiempos pasados los zapatos de cuero abundaban, por lo que era necesario lucirlos y mantenerlos.

Posteriormente y para tener más clientes, se traslada e instala con todos sus implementos en un lugar que se transformó en su segundo hogar: la vereda frente a Tribunales, donde se encuentra hasta hoy.

Según Django, nunca fueron muchos quienes ejercían esta labor, pero sí habían ciertos sectores como la plaza, tribunales y en ese entonces el hotel Santiago, donde se podían localizar no más de 2 a 4 colegas.

En promedio lustra alrededor de 20 zapatos al día, lo que depende de muchos factores. Asegura que después de una lluvia suele tener un buen día.

Atiende a tan solo 1500 pesos la lustrada, a todo tipo de cliente, pero reconoce que quienes más recurren a sus servicios son ciudadanos tradicionales: el 95% son hombres que gustan de zapatos de cuero, verse ordenados y presentables en el trabajo. La imagen es importante y eso lo sabe Django, al mostrar sus impecables botas de cuero que combinan perfecto con sus gafas oscuras.

Como trabajador independiente sus horarios varían, pues él decide cuándo comenzar el día. Sin embargo prefiere partir su jornada a las 9 horas. Disfruta mucho esa libertad, es uno de los beneficios que con orgullo menciona, junto con señalar que es un trabajo legal, pagando regularmente su patente municipal.

Con 71 años, Django es el más antiguo y uno de los dos lustrabotas que resisten en Rancagua.

Carbonería
Carrera Pinto 1042

María Zúñiga Hupat, Carbonera

Con tan solo 18 años, la Señora María anhelaba comenzar su propio negocio. Decidida a instalarse con una paquetería, comenzó a idear un plan para recaudar fondos y concretar su objetivo. Así comienza a vender carbón, haciendo de este oficio el sustento para su familia.

En los primeros años, uno de sus compradores principales fueron los burdeles de Carrera Pinto: había que calefaccionar y cocinar en las casas antiguas de paredes altas y de adobe, para lo cual estaba el brasero. De esta manera se conservaba todo el día la tetera sobre las brasas, para tener siempre agua lista para el té, el mate o para cocinar. Debido al alto consumo de carbón, existían varios negocios dedicados a venderlo en Rancagua. Tan solo en calle Carrera Pinto, se podían encontrar otros tres.

Todavía vigente, el más antiguo se ubica en Alameda, casi al llegar a calle Santa María. Pertenece al Señor Ahumada. Otro se encuentra hacia el sector norte de la ciudad, en población los Alpes: la carbonería del Señor Rubio.

Con una sonrisa satisfactoria, María menciona los años previos a 1980, cuando vendía más de 25 mil kilos al mes. Ahora reparte alrededor de 12 mil kilos. «La gente ocupa el carbón solamente para los asados», dice resignada, asumiendo los cambios.

Antiguamente la Señora María se abastecía comprando carbón en Talca y en Machalí. Asegura que el suyo es de muy buena calidad, principalmente de espino. Con tanto años en el oficio, es capaz de reconocer de qué materia prima está hecho; algunos son de otras maderas como el litre, peumo, acacio, boldo y roble. El producto derivado se denomina carbón blanco.

Para hacer el carbón, es necesario que la leña esté semi verde. En dicho estado,esta última recibe el nombre de huala. Significa dejarla orear cerca de 10 días después de cortarla.

«Si es muy pesado, es probable que sea de pino». Aconseja no confiar en el carbón de color negro brillante.

Además menciona otros productos procedentes, como el cijo o cisco, que es lo restante del carbón molido: es bueno para hacer tortillas de rescoldo y para aislar postes de madera eléctricos.

Actualmente compra el carbón en Chillán, en la localidad de Ninhue. Un camión lo transporta hasta Rancagua y llega en la noche para descargar, mientras la mayoría de las personas descansa. En dicho momento prefiere realizar esta parte del trabajo, aparentemente sucio, pues considera mejor la tranquilidad nocturna.

Por estos días vende el kilo a 800 pesos por saco, mientras que a granel el precio varía a 900 pesos el kilo.

María no se queja: tiene una buena venta y mantiene una clientela fiel a su carbón.  Ella reparte a supermercados y a muchos almacenes de barrio de la provincia, en su camioneta teñida por su producto estrella.

Durante el día el Señor Emilio Pacheco atiende de punto fijo en la carbonería. Además envasa el carbón en la clásica bolsa amarilla, fácilmente reconocible en más de algún negocio o botillería de la región.

Reparadora de Zapatos Alcásar

Luis Humberto Pezoa, dueño

Con ya más de 60 años, Reparadora Alcásar sobrevive a la invasión de calzados chinos que ha devorado incluso a renombrados fabricantes nacionales de zapatos.

Don Luis Humberto, el propietario, recuerda los tiempos en que su padre fundó el negocio y el oficio que posteriormente él mismo heredaría. Al suceder esto, el nombre de la reparadora tuvo que cambiar de “Alcázar” a “Alcásar”, como adelantándose a cualquier pregunta o corrección.

Todo comenzó así: en ese entonces se encontraban en la Vega de Rancagua,  donde se ubican los departamentos “Empart”. Tras abandonar el negocio de la verdulería y  debido al gran flujo de personas que transitaban por calle Alcázar, potenciales clientes para la fabricación de zapatos,  el padre de Luis, motivado por  emprender un mejor negocio, se empeña y adquiere los primeros conocimientos del oficio.

Si bien existían muchas reparadoras, de todas formas la demanda alcanzaba para todos. La clientela variaba, pero en su mayoría eran trabajadores de “El Teniente”. Ellos bajaban para reparar sus bototos mineros o comprar zapatos de vestir. También eran frecuentes los campesinos que buscaban calzados cómodos y duraderos, además de los comerciantes solicitando un modelo clásico, pero de detalles más elaborados.

Siempre detrás del mesón, Don Luis menciona que en su época de gloria logró tener un equipo de 10 maestros zapateros. Eran capaces de tener una producción que le daba el dinero de sobra para mantener a su familia.

Y es que eran tiempos buenos, donde el oficio se valoraba y el empleo no faltaba. Tiempos imposibles de olvidar, eso se nota en sus ojos mientras habla. Agrega que el cuero se adquiría en Santiago, en calle Bascuñán; las suelas eran hechas con otro proceso de curtido, muy diferente a las que ahora reparan. «Son todas chinas esas leseras», comenta.

Curiosos, preguntamos qué modelos fabricaba. Con entusiasmo nombra algunos, quizá los más solicitados: el zapato petate era tejido en cuero, siendo éste un objeto muy fino, sólo comprado por ejecutivos de «El Teniente». También menciona el mocasín argentino, el zapato reina de mujer, el clásico zapato huaso; la bota chantillí para montar, también llamada bota polera, requerida por carabineros y clubes de polo. No olvida el zapato colegial, el ortopédico, la chala franciscana y el zapato de Charol. Este último era fabricado con cuero y  encima llevaba una película brillante.

Atrás quedaron esos años. Don Luis ya solo recibe calzado para reparar. Los clientes solicitan cosas como colocar tapillas, coser y ensanchar. «Todos compran zapatos chinos», vuelve a mencionar. Ya no existen zapatos buenos elaborados en Chile, el oficio ya no le da el soporte económico logrado en la década del 60. Por eso está a punto de cerrar. Ya vendió el local. De tal modo desaparece de Alcázar una de las zapaterías más antiguas de Rancagua.

 

Publicación realizada para el Día del Patrimonio Cultural en Casa 2020

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